Vol.3, N°1, Jul-Dic Perú 2020


Aproximaciones a un nuevo perfil feminicida: una mirada a los cambios y las transiciones

Approaches to a new feminicidal profile: a look at changes and transitions


Marco Barboza 1

Universidad de Alcalá Madrid - España


Doreen Montag2

Queen Mary University of London


Recibido: 30/06/20

Revisado y Aceptado:17/07/20


RESUMEN

Desde una perspectiva comprehensiva y contextualizada se realiza un abordaje inicial del confinamiento a raíz de la pandemia, y de sus implicancias en materia de violencia contra las mujeres, para luego describir las masculinidades en proceso de transformación, indicando que los maltratadores ocasionales e imprevisibles, los espacios citadinos, las masculinidades melodramáticas, la reputación masculina y la agencia feminicida en ascenso de las ex parejas, son rasgos prevalecientes de los actuales feminicidios, y por ello deberían ser considerados en la elaboración de un perfil feminicida.


ABSTRACT:

From a comprehensive and contextualized perspective, an initial approach to confinement as a result of the pandemic and its implications in terms of violence against women is carried out. This is followed by an description of masculinities in the process of transformation, indicating that the occasional and unpredictable abusers, city spaces, melodramatic masculinities, masculine reputation and the rising feminicidal agency of excouples are prevalent features of current feminicides, and therefore should be considered in the elaboration of a feminicidal profile.


Palabras clave:

Feminicidios, Imprevisibles, Melodrama, Reputación, Confinamiento


Keywords:

Feminicide, Unpedictable, Melodrama, Reputation, Confinement


INTRODUCCIÓN Madrid, México, Lima y Santiago de Chile miles de personas

salieron a las calles protestando en contra de los feminicidios, la violencia y la discriminación contra las mujeres. Desde

El 8 de marzo de 2020, en el Día Internacional de la Mujer, entonces una gran parte del mundo ha vivido en aislamiento aunque en algunos lugares del mundo ya había aislamiento

social a raíz de la pandemia del COVID-19, en otros, como en


1 Magister en Genero Sexualidad y Políticas Publicas. Docente Investigador del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT) de la Universidad de Alcalá. Orcid 0000-0002-5983-3205


2 Doctora en Antropología de la Universidad de Oxford, Inglaterra y un Magister en Altamerikanistik (Antropología, Arqueología y Etnohistoria de América Latina) de la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Investigadora en el Centro de Atención Primaria y Salud Pública, Queen Mary University of London ,Reino Unido. Orcid 0000-0003-1365-1913


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Aproximaciones a un nuevo perfil feminicida: una mirada a los cambios y las transiciones


social, en estados de emergencia y, las voces de alerta no han cesado.


En ese sentido, el Secretario General de Naciones Unidas António Guterres, se pronunció señalando que la pandemia también ha dado lugar a un escalofriante aumento de la violencia contra las mujeres y agregaba que en 2019 “casi una de cada cinco mujeres de todo el mundo fue víctima de violencia. Muchas de esas mujeres están ahora atrapadas en casa con sus maltratadores, intentando por todos los medios obtener servicios que sufren recortes y restricciones” (Guterres 2020).


En línea con lo expresado por Guterres (2020) debemos afirmar de manera categórica que, durante la cuarentena por el COVID-19, en los meses de marzo, abril, mayo y junio las líneas de ayuda han reportado incidentes y se ha denunciado exponencialmente desde violencia psicológica hasta agresiones sexuales, en distintos países alrededor del mundo (ICRC 2020). Se han reportado casos de distintas manifestaciones de violencia contra las mujeres en el sur de África (McCain 2020) México (Deslander 2020) y Perú (Fernández Calvo 2020).


Aun con todo, los datos existentes de las víctimas de feminicidios alrededor del mundo durante esta pandemia parecen ser incompletos, contradictorios y fragmentados. Las explicaciones para ello son diversas: los mecanismos de atención convencionales y las líneas de apoyo no han funcionado de la misma manera, las personas no han podido salir de las casas para pedir ayuda en los centros referenciados y las líneas telefónicas de ayuda han sido sobrecargadas. De otro lado, no se han producido adecuaciones de los sistemas de atención de la violencia contra las mujeres, los mismos que no estaban diseñados para escenarios de cuarentena, y desde su instauración hace ya varias décadas fueron establecidos como receptores de denuncias o avisos de violencia en un contexto social de libre e irrestricto desplazamiento. Adicionalmente, no ha habido la posibilidad de llamar libremente a una línea de apoyo desde las casas durante el confinamiento con el opresor o violador cohabitando en casa. Por lo tanto, hasta el momento es imposible saber el número actual y el real impacto global del confinamiento en la ocurrencia de los feminicidios.


Impacto de la pandemia y masculinidades en

transformación


El encierro pandémico, ha producido un contexto estructural e impacto sobre relaciones de género desconocido, donde la pareja y la familia tiene que convivir en un contexto confinado sin oportunidades de salida para los miembros de la familia (Alon et al. 2020, Power 2020). En un escenario así, por un lado, se complican las décadas de trabajo de empoderamiento de la mujer, para su educación, independencia económica y un desplazamiento exento del control de la pareja masculina. Por otro lado, además de trastocar el empoderamiento de la mujer, el confinamiento


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por la pandemia tiene un impacto sobre el ejercicio de la masculinidad y la gestión de las emociones por parte de los hombres (Betron et al. 2020, Montemurro 2020, Restubog, Ocampo, and Wang 2020, Wang et al. 2020).


Otro aspecto que cabe referir es el de los impactos socioeconómicos que recaen sobre el hogar y la pareja lo que va a depender del estatus socioeconómico familiar, de la posibilidad de seguir trabajando desde casa, del involucramiento en las primeras líneas de riesgo de trabajo durante la pandemia - como es el caso del personal policial, de limpieza pública, o clínico asistencial -, de la sobrevivencia asociada al trabajo informal , todo lo cual produce un estrés extremo de empobrecimiento y alteración de la vida familiar (Bonaccorsi et al. 2020, Buheji et al. 2020, Sumner, Hoy, and Ortiz-Juarez 2020).


Las realidades familiares también están situadas en distintos contextos nacionales con diversos niveles de apoyo socioeconómico para la población, lo que influye en el cómo se vivencia la experiencia de la pandemia (Busso et al. 2020, CEPAL 2020). La presión económica, el miedo de sobrevivencia, el hambre, los sentimientos de insuficiencia o inutilidad, se acentúan y radicalizan con el encierro pandémico, pero el manejo de las emociones y preocupaciones varía individual y genéricamente. En general, se comenta que el confinamiento ha conllevado un impacto negativo a la salud mental y aumento de depresiones, ansiedades, entre otras afecciones (Huang and Zhao 2020, Kumar and Nayar 2020, Mazza et al. 2020, Qiu et al. 2020, Rajkumar 2020).


En las últimas tres décadas, se ha comenzado a documentar, registrar y combatir activamente los crímenes feminicidas, de larga data en la historia (Mata 2011, Sanford 2008, Trinidad Galván 2016). Se ha visibilizado y puesto en el centro del debate público asesinatos crueles y extremos de mujeres que en su gran mayoría eran o habían sido parejas de los homicidas (Behre 2014, Carlyle, Scarduzio, and Slater 2014, Hamby 2009, Palazzolo and Roberto 2011).

Las edades, las clases sociales, los perfiles, las motivaciones, las modalidades criminales, han sido variados y diversos (Breiding et al. 2015, Caetano, Vaeth, and Ramisetty-Mikler 2008, Renner and Whitney 2010). Sobre esta realidad la academia ha planteado desde una perspectiva sistémica que, la escalada o el registro policial de los ataques violentos son patrones del fenómeno feminicida - que comprende también a los factores de riesgo y a las trayectorias de tensión y hostilidad en diferentes planos de las relaciones de pareja y familiares (Araiza Díaz, Vargas Martínez, and Medécigo Daniel 2020, Corradi et al. 2016, Marcuello-Servós et al. 2016, Messerschmidt 2017, Weil 2016).


Dentro de este contexto, el trabajo de Rita Segato (2016) ha tenido un gran impacto para comprender la masculinidad como entidad del poder hegemónico, institucionalizado históricamente desde los tiempos aurorales de los Estados


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nación. Los aportes de Segato han visibilizado la violencia institucional – policía y judicatura - contra las mujeres y han acompañado el desarrollo de los movimientos feministas en contra de la violencia de la mujer en toda América Latina. A modo de ejemplo podemos referir el grupo de Las Tesis con su texto de “‘Un violador en tu camino’: “La violación no es un acto sexual, es un acto de

poder, de dominación, es un acto político”” (Pichel 2019).


Para nuestro artículo se considera que, los hombres y las mujeres son producto de su pasado, ambos actúan dentro de un contexto de socialización estructural reconocido como habitus en términos de Bourdieu (1980 (1990)). Las emociones y la agencia masculinas y femeninas están determinadas por factores sociobiológicos como el estatus socioeconómico, la educación, el lugar donde se ha desarrollado y donde habita, así como, la calidad de nutrición. En ese sentido, tanto el crecimiento como la nutrición están siendo investigados recientemente desde el eje de la homeostasis de la microbiota intestinal, para analizar su impacto en la salud emocional y las enfermedades crónicas (Lowry et al. 2016, Rook, Raison, and Lowry 2014).


A partir de lo expuesto consideramos que, muy probablemente los factores que influyen para elaborar un perfil feminicida actual son mucho más complejos de lo que hemos venido considerando hasta ahora. Uno de los desafíos que seguimos teniendo es la separación de diversas disciplinas, como neurociencia, inmunología, psiquiatría, ciencias sociales y políticas, criminología que en un conjunto podrían ayudar a delinear un perfil feminicida más comprehensivo y actual. A ello, se adiciona que el encierro pandémico del COVID-19, se produce en el curso de una progresiva e indetenible transformación de las masculinidades iniciada ya hace algunas décadas, y en la que confluyen una serie de determinantes como la cuarta revolución industrial, la diversidad sexual, la socialización digital, la emergencia de las identidades postcoloniales, la centralidad de las emociones, entre otros.


En lo que sigue, presentamos lo que consideramos son los nuevos rasgos del perfil feminicida.


Aumento de maltratadores ‘ocasionales’: ¿Quiénes

son?


En 2017 el Observatorio de Feminicidios español (Ortega 2017) reportaba que el perfil del maltratador homicida porcentualmente era como sigue: psicópatas 3 (5%), sociópatas 4 (20%), inestables 5 (30%), maltratadores “ocasionales”6 (45%). El dato relevante es que un 75% de feminicidas (si sumamos a los inestables y los maltratadores


3 Personas con dificultades empáticas. Falta de sensibilidad con aparente sociabilidad.


4 Individuos con dificultades de socialización. Normalmente, con antecedentes penales o policiales.


“ocasionales”), en general, no tenía antecedentes policiales ni historial de violencia previa, serían considerados como imprevisibles.


En ese sentido, en un contexto sistémico es necesario comprender mejor quiénes son y qué define a estos maltratadores inestables y “ocasionales”, que siempre actúan en un contexto de desigualdad de género y relaciones de poder. En principio no hay un desarrollo suficiente a nivel académico de este tipo de agresor. Pero podríamos dar algunas pistas que los teóricos han desarrollado para comprender este comportamiento criminal.


Para Charcot los hombres histéricos de fines del siglo XIX eran el resultado de accidentes o tóxicos, y para Janet en la primera mitad del siglo XX “la mayor parte de los neurópatas son los deprimidos, los agotados” (Ehrenberg 2000, 50). Al ser interrogado sobre la agresividad, las emociones y sus cambios en la historia, el neurocientífico Antonio Damasio (Quo 2018), sostiene en una entrevista sobre violencia que la agresividad sigue siendo mayor en hombres que en mujeres, y agrega: “Pero algo ha variado, tanto a nivel cerebral como en el comportamiento de los hombres, y no solo por cuestiones sociales, sino internamente”. McDermott (2004) destaca la importancia de los avances de la neurociencia y su influencia cada vez mayor en las políticas públicas dirigidas a una mejor comprensión de las acciones y la toma de decisiones de los actores. En esa misma línea Diamond (2006, 12) plantea que, en el siglo XXI la depresión y la irritabilidad en los hombres están relacionadas íntimamente y define un síndrome de irritabilidad masculina en los siguientes términos: “estado de hipersensibilidad, ansiedad, frustración y enfado que se produce en los hombres y que se asocia con cambios bioquímicos, fluctuaciones hormonales, estrés y pérdida de la identidad masculina” (Diamond 2006, 24).


Por su parte Bericat Alastuey (2000, 171-172), estima que, si la vergüenza es negada o reprimida, las posibilidades de entrar en un círculo vicioso de falta de respeto y consideración son muy altas, la vergüenza evoca la ira contra el otro y, normalmente, esta ira expresada hace que nos avergoncemos de nuevo, “en las situaciones evocadoras de vergüenza, a diferencia de las que evocan culpa, la persona no hace daño al otro desde una posición de control, de poder y de voluntad, lo que exigiría una restitución, sino desde una posición de debilidad y falta de control, de incompetencia o de incapacidad de la persona para cumplir ciertos requerimientos sociales” (Bericat Alastuey 2000, 172).


En palabras de Bodei (2013, 17), la ira es un indicador ambivalente, que alterna vulnerabilidad y asertividad, y “parece asociada a la necesidad de salvaguardar reactivamente la propia imagen pública, real o presuntamente


5 Son hombres con alteraciones emocionales y vivencias intensas de los problemas y preocupaciones.


6 Son aquellos que no tienen rasgos de violencia previos, lo que les convierte en difícilmente detectables.


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amenazada y de restaurar la autoestima que se cree herida”. Este autor hace una descripción del tema que nos ocupa.“En los periódicos se lee: “Mata a su mujer […] por motivos fútiles”. Si miramos bien veremos que solo en apariencia son fútiles. La lógica de las pasiones, de hecho, no se refiere exclusivamente al momento de la reacción desproporcionada, al instante de la ira. Lo que altera no es el episodio en particular en el que la ira encuentra origen de manera inmediata, sino todas las frustraciones, las expectativas traicionadas, las irrealizadas o malbaratadas esperanzas, las irritaciones acumuladas que se condensan, colapsan y explotan simultáneamente, porque, una vez alcanzada una masa crítica, se descargan sobre el objetivo más cercano.” (Bodei 2013, 17-18)


En suma, sería de lo más relevante, ponderar y someter a diálogo estas distintas entradas teóricas, con la finalidad de comprender mejor a estos feminicidas ocasionales e imprevisibles, quienes podrían ser mejor estudiados si consideráramos las relaciones de cathexis o del vínculo emocional (Connell 1995), y no como usualmente ocurre cuando postulamos una explicación integral del fenómeno feminicida exclusivamente desde las relaciones de poder y de producción.


Más citadino, menos doméstico


Georges Vigarello (1999, 147) ya comentaba a fines del siglo XX que la violencia sexual ampliaba su espectro y las mujeres eran agredidas en las horas y trayectos de trabajo, en los espacios y formas de ocio, en las ocasiones y posibilidades de aislamiento, para cada una de las adaptaciones de la nueva socialización femenina se encontraban rastros de nuevos lugares y horas del delito. En ese punto, los feminicidios no son la excepción.


El reporte de feminicidios en Argentina correspondiente al año 20197 revela que solo el 32% de casos ocurrieron en el domicilio compartido (hogar de la pareja), el 68% restante ocurrió en espacios de lo más diversos como la vía pública, la propiedad privada, el trabajo de la víctima, el domicilio del feminicida o de la víctima, descampados entre otros.


Una muestra de esa activa transición hacia una violencia más citadina, más de espacios públicos, y menos de espacios cerrados y domésticos, es la asunción por parte de la Organización Internacional del Trabajo del Convenio 190 sobre la violencia y el acoso en el mundo del trabajo (2019), haciendo referencia expresa a un conjunto de comportamientos y prácticas inaceptables, o de amenazas de tales comportamientos y prácticas, que tengan por objeto o


7 http://www.dpn.gob.ar/documentos/Observatorio_Femicidios_-

_Informe_Final_2019.pdf


8 https://www.ilo.org/dyn/normlex/es/f?p=NORMLEX- PUB:12100:0::NO::P12100_ILO_CODE:C190


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que causen un daño físico, psicológico, sexual o económico, incluyendo la violencia y el acoso por razón de género8.


La mayor visibilidad de la violencia contra las mujeres no solo “desde” lo público sino “en” lo público, se corresponde con novísimas paternidades que irrumpen progresivamente en la vida laboral y pública de los varones, con el desplazamiento activo de las mujeres hacia una cultura del poder y la autoridad (Hochschild 2008, 47), con el fenómeno de guetificación de las ciudades que tiene consecuencias políticas y psicológicas, y sobre todo, con virilidades cada vez más fantasmagóricas que necesitan proyectar avatares de omnipotencia masculina en cuanto formato visual sea posible, concretando así una construcción identitaria a partir de recursos, estilos, narrativas, imágenes y constructos todos por fuera del ámbito doméstico. Emerge así una masculinidad que deja la norma y abraza la posibilidad, y en ese contexto es más consciente del sentimiento de vulnerabilidad e inseguridad, del recuerdo de humillaciones pasadas, encarnando peligrosamente una latente y letal violencia (Fuller 2018, Brea 2015, Courtine 2011, Sennett 2011).


Hegemonía trémula, melodrama afirmado


Los primeros indicios de las masculinidades melodramáticas pueden tener su punto de partida en la década de 1970, como producto de los turbulentos y transformadores años ’60. Un hilo conductor de dichos cambios lo constituye el espectáculo cinematográfico occidental de alcance e impacto global. En dicho período las películas de Sidney Lumet Tarde de Perros9 y Network en 1975 y 1976, sitúan el drama y la imagen, la emoción y lo precario, la víscera y la transgresión, como constantes de una masculinidad cada vez más descentrada, irascible y nostálgica, teniendo como telón de fondo una combinación de personajes desbordados y de coberturas televisivas inmanentes. Ya para inicios del siglo XXI, Hollywood ha representado esa masculinidad en diferentes facetas: identidades masculinas juveniles en constante amenaza, machos beta cada vez más protagónicos, series y dramas históricos que exaltaban viejas seguridades y valencias masculinas, al tiempo que actualizaban antiguas inquietudes y temores (Greven 2016).


Los feminicidas no son ajenos a esa reinvención de la mismidad con ficciones múltiples, donde imágenes y emociones son actores principales de las nuevas masculinidades. En un reciente Informe de la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (ONUDC)10, se señala como motivos de los feminicidios: el miedo al abandono, los celos y la salud mental. Sobre este último punto la Organización Mundial de la Salud en abril de 2019 ha precisado que, la “salud mental” propiamente dicha puede representar una tradición biomédica para explicar y


9 Ver: https://www.youtube.com/watch?v=QzsT5nRjk5A


10 https://www.unodc.org/documents/data-and-analysis/ gsh/Booklet_5.pdf


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comprender experiencias vividas, angustia psíquica o emocional, traumas, el hecho de escuchar voces o una discapacidad11.


Una masculinidad emocional, plena de imágenes y recuerdos, pero también reactiva, agresiva e irritable, pareciera ser la marca del agresor feminicida. En tal contexto, toma una nueva dimensión la pregunta por el impacto del entorno, del ambiente, y de procesos neurológicos, químicos y orgánicos que hasta hace muy poco estaban relegados o desconectados del campo de las conductas violentas y las emociones masculinas.


Confinamiento y control vs. desplazamiento y reputación


Nietzsche (citado por Cortina 2016, 77) sostenía que “nos las arreglemos mejor con nuestra mala conciencia que con nuestra mala reputación”. Investigaciones como las de Carey (2017) dan cuenta del reforzamiento de la masculinidad en períodos de encierro o aislamiento en el marco de situaciones límite. Lejos de suponer una inevitable tendencia violenta, ese reforzamiento operaría como restaurador de reputaciones y status masculinos degradados, en principio.


Sabemos que, el espacio del hogar y un control omnímodo de dicho espacio, está condicionado por determinantes culturales y sociales. El hogar es un espacio abusivo, violento y asfixiante en muchas vidas de las mujeres alrededor del mundo. Sin embargo, en el caso específico del feminicidio, este parecería desplegarse más bien por dos miedos masculinos estelares en la actualidad: el miedo al desplazamiento autónomo y empoderado de la mujer que ascendentemente prescinde o abandona a su pareja masculina, y el miedo a la afectación de la reputación masculina, cada vez más incierta, inestable o ligada a las redes sociales digitales.


Si en el siglo XVIII la jactancia era el recurso para destrozar el honor de una pareja que los dejó12, los hombres del siglo XXI relatan esos hechos más en clave de abandono y desconcierto, de forma dolida, experimentando una humillación y un dolor potencialmente violentos “Dije que la abandoné, pero no la abandoné. Ella me abandonó a mí. Volví a casa una mañana después del trabajo, a las 2:00 de la mañana, y ella se había llevado un montón de cosas que no correspondían y no me dijo nada. […] Yo, me hubiera sentido mejor si ella me hubiera dicho […] Me hace sentir que puedo confiar en muy pocas mujeres o confiar en nadie, porque una vez que uno duerme con alguien todas las noches y de repente vuelve a su casa [E]s un sentimiento devastador.” (Illouz 2010, 293-294)


11 https://undocs.org/es/A/HRC/41/34

12 “dijo que cuando fue de paseo por la zona de la Villette, se encontró con Logeais y bebió media botella con él, que se jactó alto y fuerte de haber gozado con su esposa, de la que conservaba un cabello, e hizo incluso el ademán de mostrar ese cabello sacándolo de su bolsillo”. Ver: Farge


En Perú, según datos del Programa Aurora del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables13, en 2009 de un total de 203 casos de tentativa de feminicidio y feminicidio, el 50% fueron cometidos por la pareja y el 16% lo fueron por la ex pareja. Ya para 2013, de un total de 282 casos de tentativa de feminicidio y feminicidio el 52% correspondió a la pareja y el 25% a la ex pareja. Más recientemente, en 2019, de un total de 570 casos de tentativa de feminicidio y feminicidio, el 52% se atribuyen a la pareja, y un 31% de casos son representados por la ex pareja. Aquí se puede apreciar que en el curso de una década el accionar criminal de las ex parejas ligado al feminicidio se ha duplicado, para pasar a representar casi 1 de cada 3 casos. Y no comprendemos todavía qué ha cambiado sustancialmente en el entorno social de las masculinidades para que ello suceda.


Le Breton (2017, 184, 185) afirma que toda existencia contiene desde su inicio un número infinito de posibilidades que se actualizan a cada instante y agrega que cada uno de nosotros está hecho de lo imprevisible más que de lo probable. Sería recomendable que las estrategias de prevención de los feminicidios y de la violencia contra las mujeres pudieran enfocarse con mayor énfasis en perfiles de agresores neurópatas, melodramáticos, inestables, imaginísticos (digitales) e intensos emocionalmente. Si esas características ya se presentaban antes de la pandemia del COVID-19, todo indica que, en adelante su protagonismo en el gran teatro del mundo afectivo, productivo y consumista, será cada vez mayor.


CONCLUSIONES


La situación actual, signada por el impacto de la pandemia del COVID-19 nos permite reflexionar y abordar nuevos temas de investigación para comprender mejor a los agresores y su contexto y tal vez abordar el tema desde múltiples perspectivas o tomar factores en cuenta que antes no han jugado un papel determinante. Las sociedades están cambiando, las políticas de bioseguridad y de control de cuerpos y comportamientos ya vienen experimentando una revolución digital de gran impacto en las relaciones sociales e íntimas, con nuevas presiones sociopolíticas, socioculturales y socioeconómicas. Todo hace indicar que los cambios mencionados por efecto de la pandemia se afianzarán e intensificarán. Ese es el contexto del bajo índice de feminicidios dentro de las cuarentenas, y también del comportamiento de potenciales agresores al término de la cuarentena. Comprender dicho contexto para perfilar, anticipar y prevenir cobra más sentido que nunca.


(2008, 161)

13 Programa Nacional para la Prevención y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres e integrantes del Grupo Familiar (AURORA). Ver: https://www.mimp.gob.pe/contigo/ contenidos/pncontigo-articulos.php?codigo=33


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Aproximaciones a un nuevo perfil feminicida: una mirada a los cambios y las transiciones


Una extendida cultura de las ex relaciones, el desplazamiento de la mujer ligado al empoderamiento, la reputación imaginística masculina, la neuropatía social, la tendencia a dramatizar la vivencia de lo masculino, afectan e inciden directamente en la ocurrencia de los feminicidios en la actualidad. Dichos fenómenos se inscriben en tendencias culturales más amplias como las del predominio de las emociones tecnologables o de la mercantilización de la vida íntima en franco proceso ascendente. En un escenario así descrito, lo imprevisible se torna en un protagonista estelar y las masculinidades melodramáticas saben mucho de eso. Entender comprehensivamente esas masculinidades transformándose es ineludible para delinear mejores políticas de prevención de los feminicidios.


Agradecimiento


Los autores quisieran agradecer a Angélica Motta por comentarios invaluables a una versión preliminar.


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8 Vol.3, N°1, Jul-Dic Perú 2020